El Ethos nace de la idea de credibilidad. En la retórica clásica representa aquello que hace que una persona sea digna de confianza ante los demás.
Pero también podemos llevarlo a nuestra vida cotidiana.
El Ethos comienza cuando lo que decimos, lo que hacemos y lo que consideramos importante empiezan a coincidir.
Podemos hablar de respeto y actuar sin respeto alguno. Podemos considerarnos personas fiables y no cumplir una promesa. Podemos defender ciertos valores y abandonarlos en cuanto resultan incómodos.
En esos casos perdemos credibilidad, no solo ante los demás, sino también ante nosotros mismos.
Construir nuestro Ethos significa practicar la coherencia en las pequeñas cosas: cumplir nuestra palabra, reconocer un error, evitar fingir lo que no somos y actuar de acuerdo con los principios que hemos elegido.
No significa ser perfectos.
Significa poder observar nuestras acciones y reconocernos en ellas.
Una pregunta para llevar contigo:
¿Mi forma de actuar es coherente con la persona que quiero ser?
